100 años del natalicio de Juan José Arreola

A 100 años del natalicio de Juan José Arreola, referente indiscutible de la literatura y el #ajedrez en México.

Educador, ciclista, actor, tenista, orador, pimponista, poeta, editor y, sobre todo, ajedrecista, Juan José Arreola fue uno de los más destacados escritores de habla hispana en el siglo XX.

Arreola es un personaje icónico y uno de los imprescindibles de la historia, tanto por sus proesas lingüísticas, como por su pluma y su vida, en la cual el Ajedrez jugó un papel muy importante.

Juan Jose Arreola no tuvo la oportunidad de terminar su educación primaria,  así que en la escuela sólo aprendió a leer y escribir. Su amplio vagaje intelectual lo obtuvo de forma autodidacta, esto gracias a su inquieto y curioso espíritu y a su constante actividad con las letras. Se valia de varios recursos para aprender, leía viejos y guardados libros que conservaban algunos amigos cultos de sus padres, tuvo en sus manos textos magníficos de García Márquez o Cortázar que leía durante horas. Esta metodología de aprendizaje autodidacta le ganó un lugar en el medio intelectual de su tiempo, llegando a ser muy reconocido en la literatura y el periodismo.

Arreola comenzó a figurar como impulsor de la promoción cultural en México y en las diferentes actividades vinculadas a la escritura en las que se enroló. Por ello, fue merecedor de dos apoyos económicos para la preparación de los libros que le augurarían grandes éxitos y el reconocimiento de tantos. “Varía invención y Confabulario”. Juan José fue considerado luego de esta invención el referente de los cuentos fantásticos y asimismo de la mini ficción; concepto acuñado por el mundo de la crítica literaria para denominar a aquel género narrativo que se caracteriza por ser breve e irónico, proponiendo un estilo llamativo. Confabulario representa una colección de sus mejores cuentos, que atrapan con su estilo de suspenso al lector.

 

 

Por esto y la creación de su estilo particular, se le reconoce y atribuye a Juan José Arreola su capacidad lúdica y un talento innato para plasmar en sus obras los comportamientos y acontecimientos humanos de su tiempo.  A lo largo de toda su carrera, Arreola, fue merecedor de una importante cantidad de premios entre los que podemos destacar: Premio Alfonso Reyes, Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo, Premio Nacional en Letras y el Premio Xavier Villaurrutia.

Es evidente que Juan José Arreola vivió con igual pasión la literatura y el ajedrez. Ambos desde la dimensión de lo imposible, de lo ilusorio. Lo imposible como ideal; lo ilusorio como lo que está más allá de la comprensión y de la capacidad humana y que, por lo mismo, vale la pena buscar. Todo indica que la de Arreola fue una búsqueda lúdica. Jugó con las palabras, jugó con la imaginación, jugó con la poesía y, sobre todo, jugó con el ajedrez.

Su pasión por el juego ciencia la manifestó de muchas maneras:

Fundó un club de ajedrez en el Distrito Federal, al que bautizó con el nombre de FilidorAl ser designado ulteriormente director de la Casa del Lago en el Bosque de Chapultepec, que empieza a funcionar en septiembre de 1959 en un predio perteneciente a la Universidad Nacional Autónoma de México, monta allí un centro de poesía y esparcimiento. En sus cuartos y jardines se podrá entonces jugar al ajedrez en una casa que se convertiría en un centro de arte, donde se podrán leer poesías y se harán importantes torneos de ajedrez.  Arte puro. En ambas facetas. En este mismo espacio se verificará en 1962 una sesión de simultáneas brindada por dos grandes jugadores soviéticos: Tigran Petrosián y Paul Keres.

Arreola también contribuyó a la generación de un Programa Nacional de la Promoción del Ajedrez Escolar y, lo dicho, fue Presidente de la Federación Mexicana de Ajedrez, encabezando un proceso de reunificación con la Federación Provincial de Ajedrez, que derivó en la ulterior creación de la Federación Nacional de Ajedrez de México (FENAMAC).

Con todo, el ajedrez arribó a su vida tardíamente. Al respecto amargamente confesaría: El ajedrez me ha significado un dolor muy grande original: el dolor de que mi padre, un hombre ejemplar que realizó con mi madre uno de los pocos matrimonios verdaderamente increíbles que yo he visto en mi vida, no me haya enseñado a jugar al ajedrez. Él lo jugaba, y por no sé qué misterio inconcebible jamás nos enseñó a mi hermano y a míYo sería un hombre feliz y no tendría ningún problema literario, ni moral, ni amoroso, si hubiera llegado a ser un gran ajedrecista. Y no lo pude ser porque aprendí a jugar muy tarde, a los veintidós años”.

Sin duda que su trabajo literario más interesante, en lo que a ajedrez se refiere, es su breve cuento El rey negro que, como su título lo sugiere, es del todo específico.

Cuenta con un epígrafe en idioma francés correspondiente a unas líneas de un verso del duque y poeta Charles D´Orléans (1394-1465), en el que parece aludirse a la posibilidad de que se juega al ajedrez como se lo hace frente al amor (“J´ay aux eschés joué devant Amours”).


 EL REY NEGRO

J’ay aux eschés joué devant Amours.

Charles d’Orléans

Yo soy el tenebroso, el viudo, el inconsolable que sacrificó su última torre para llevar un peón femenino hasta la séptima línea, frente al alfil y el caballo de las blancas.

Hablo desde mi base negra. Me tentó el demonio en la hora tórrida, cuando tuve por lo menos asegurado el empate. Soñé la coronación de una dama y caí en un error de principiante, en un doble jaque elemental…

Desde el principio jugué mal esta partida: debilidades en la apertura, cambio apresurado de piezas con clara desventaja… Después entregué la calidad para obtener un peón pasado: el de la dama. Después…

Ahora estoy solo y vago inútil por el tablero de blancas noches y de negros días, tratando de ocupar casillas centrales, esquivando el mate de alfil y caballo. Si mi adversario no lo efectúa en un cierto número de movimientos, la partida es tablas. Por eso sigo jugando, atenido en última instancia al Reglamento de la Federación Internacional de Ajedrez, que a la letra dice:

Artículo 12° La partida es Tablas:

Inciso 4) Cuando un jugador demuestra que cincuenta jugadas por lo menos han sido realizadas por ambas partes sin que haya tenido lugar captura alguna de pieza ni movimiento de peón.

El caballo blanco salta de un lado a otro, sin ton ni son, de aquí para allá y de allá para acá. ¿Estoy salvado? Pero de pronto me acomete la angustia y comienzo a retroceder inexplicablemente hacia uno de los rincones fatales.

Me acuerdo de una broma del maestro Simagin: El mate de alfil y caballo es más fácil cuando uno no sabe darlo y lo consigue por instinto, por una implacable voluntad de matar.

La situación ha cambiado. Aparece en el tablero el triángulo de Delétang y yo pierdo la cuenta de las movidas. Los triángulos se suceden uno tras otro, hasta que me veo acorralado en el último. Ya no tengo sino tres casillas para moverme: uno caballo rey, y uno y dos torre.

Me doy cuenta entonces de que mi vida no ha sido más que una triangulación. Siempre elijo mal mis objetos amorosos y los pierdo uno tras otro, como el peón de siete dama. Ahora tres figuras me acometen: rey, alfil y caballo. Ya no soy vértice alguno. Soy un punto muerto en el triángulo final. ¿Para qué seguir jugando? ¿Por qué no me dejé dar el mate del pastor? ¿O de una vez el del loco? ¿Por qué no caí en una variante de Légal? ¿Por qué no me mató Dios mejor en el vientre de mi madre, dejándome encerrado allí como en la tumba de Filidor?

Antes de que me hagan la última jugada decido inclinar mi rey. Pero me tiemblan las manos y lo derribo del tablero. Gentilmente, mi joven adversario lo recoge del suelo, lo pone en su lugar y me mata en uno torre, con el alfil.

Ya nunca más volveré a jugar al ajedrez. Palabra de amor. Dedicaré los días que me quedan de ingenio al análisis de las partidas ajenas, a estudiar finales de reyes y peones, a resolver problemas de mate en tres, siempre y cuando en ellos sea obligatorio el sacrificio de la dama.

(A Enrique Palos Báez)

Ajedrez y letras siempre una constante en ascenso siempre en la vida de Arreola, uno de los escritores imprescindibles de la historia del siglo XX  que como llegó a confesar, “no le he dedicado a la literatura ni la milésima parte del tiempo que le he dedicado al ajedrez

A la edad de 80 años a causa de la hidrocefalia su salud se fue reduciendo notablemente, hasta que el 3 de diciembre del año 2001 muere en la ciudad Guadalajara. Fue acompañado por su esposa, sus tres hijos y sus seis nietos.

Hoy a cien años de su naciemiento, la Fundación Kasparov de Ajedrez para Iberoamérica y la Universidad Nacional Autónoma de México, rinden un homenaje con una serie de actividades para todos los asistentes, y con la realización de la Copa Internacional de Ajedrez Juan Josér Arreola.

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