LA PRÁCTICA DEL AJEDREZ FOMENTA VALORES Y RESPETO A LAS NORMAS

“El ajedrez es como la vida”, se dice con frecuencia. Fischer creía que era como la vida misma. Kasparov tituló uno de sus libros Cómo la vida imita al ajedrez. Otros, como Edgar A. Poe, creían que las reglas del juego sólo se aplican al ajedrez. Sin embargo, de lo que no hay duda es de los múltiples beneficios que aporta, no sólo los referentes a nuestras competencias intelectuales y psicológicas, de las que ya hemos hablado. El juego-ciencia también es de gran ayuda para el fortalecimiento ético y moral.

El ajedrez no es un mero pasatiempo ocioso —escribió Benjamin Franklin en su ensayo ‘La moral del ajedrez’, publicado en 1786— uno puede adquirir y reforzar varias y muy valiosas cualidades de la mente, útiles en la vida, para que así se conviertan en recursos al alcance del ingenio en cualquier ocasión.

Franklin aseguraba que para jugar ajedrez eran necesarios:

I. Previsión, que mira un poco hacia el futuro, y considera las consecuencias que puede tener una acción; lo que le ocurre continuamente al jugador, “Si muevo esta pieza, ¿cuáles serán las ventajas de mi nueva situación? ¿Qué uso puede hacer mi adversario de ella para molestarme? ¿Qué otros movimientos puedo hacer para sostenerla, y para defenderme de sus ataques?”

II. Circunspección, que inspecciona el tablero de ajedrez entero, o la escena de la acción, las relaciones entre las numerosas piezas y situaciones, los peligros a los que cada una de ellas está expuesta, las distintas posibilidades de apoyarse entre ellas, las probabilidades que el adversario pueda hacer éste o aquél movimiento, y ataque ésta o la otra pieza; y qué diferentes medios se pueden utilizar para evitar su golpe, o hacer tornar sus consecuencias contra él.

III. Cuidado, no hacer nuestros movimientos demasiado apresuradamente. Este hábito es adquirido mejor, observando estrictamente las leyes del juego, tales como, “Si usted toca una pieza, usted la debe mover a algún lugar; si usted la soltó, usted debe dejarla ahí” y, por lo tanto, cuanto mejor se observen estas reglas, el juego llega a ser más la imagen de la vida humana, en que, si usted se ha puesto incautamente en una posición desfavorable, no va a poder obtener permiso  para retirar dar marcha atras, pero debe asumir todas las consecuencias de su temeridad.

Y, por último, aprendemos por el ajedrez el hábito de no ser desalentados por las actuales malas apariencias en el estado de nuestros asuntos, de esperar un cambio favorable, y de perseverar en la búsqueda de recursos.

También en dicho ensayo, el prócer norteamericano aborda las reglas mínimas de buena conducta de cualquier aficionado.

“No deben hacerse jugadas ilegales, ni jugar con quien se sepa que suele hacerlas. Si el adversario se tarda en mover(recordemos que todavía no había relojes) “usted no lo debe apurar, ni expresar ninguna intranquilidad por su demora. No debe cantar, ni silbar, ni mirar su reloj, ni tomar un libro para leer, ni golpetear con sus pies en el piso, ni con los dedos sobre la mesa, ni hacer ninguna cosa que pueda perturbar su atención”

Si usted es un espectador mientras otros juegan, observe el más perfecto silencio: porque si usted da un consejo, ofende a ambos jugadores; aquel contra quien usted lo da, porque puede causar la pérdida de su juego; y el otro, a quien favorece, porque, aunque sea bueno, y él lo siga, pierde el placer que podría haber tenido, si le hubiera permitido que él pensara hasta que se le ocurriera.

 Hay que moderar nuestros deseos de victoria y hay que ser “agradecido con alguien que lo supere”. Si es posible “indíquele amablemente, que con esa jugada coloca o deja una pieza amenazada y no defendida; que con esa otra pondrá a su rey en una situación peligrosa, etc. Por esta generosa cortesía (tan contraria a lo desagradablemente prohibido) puede suceder que usted pierda el juego con su adversario, pero usted ganará, lo que es mejor, su estima, su respeto, y su cariño; juntos con la aprobación silenciosa y buenos deseos de los espectadores imparciales.” 

Por mencionar algunos de los ejemplos más antiguos para la apología del ajedrez en materia de valores y principios éticos.

AJEDREZ Y RESPONSABILIDAD

El ajedrez es uno de los juegos donde la responsabilidad tiene un papel preponderante, pues el resultado de la partida depende por completo de cada jugador. No hay árbitro al que culpar, ni mala suerte en la que escudarse; el jugador está obligado a asumir plenamente la responsabilidad ante sus actos. Sin embargo, la nobleza del juego estriba en que nos permite analizar fácilmente lo sucedido, aprendiendo de nuestros errores y desarrollando una importantísima actitud crítica.

El juego-ciencia es una magnífica herramienta en la educación en responsabilidad porque, por otro lado, siempre implica al otro, no sólo como adversario. En el ajedrez estamos obligados a ponernos virtualmente en el lugar del otro, nos obliga a tomar al otro como alguien semejante a uno mismo, alguien que piensa, decide, es libre y es responsable de sus actos.

Por eso el juego desarrolla las inteligencias intra e interpersonal. Podemos responsabilizar al otro de sus actos; pero los otros también pueden responsabilizarme de los míos.

Es así que la práctica frecuente del ajedrez fomenta valores ético-cívicos y ayuda a respetar las normas, tanto dentro como fuera del tablero. Estos beneficios, que no son exclusivos del noble juego pero que se manifiestan con enorme fuerza en la enseñanza ajedrecística, se convierten en un eje pedagógico de enorme alcance, no solo cuando hablamos de ajedrez educativo, sino en su más amplia dimensión social.

Fotograma editado de la conocida serie The Wire

Fotograma editado de la conocida serie The Wire

La formación en valores del ajedrez se sustenta principalmente en cuatro pilares fundamentales:

  • La AUTOCRÍTICA

En cada error hay una oportunidad de mejora y acierto. Esta proposición se cumple en el ajedrez sin excepción. Porque todos los jugadores, desde el principiante al Campeón del Mundo, cometen imprecisiones. Savielly Tartakower, Gran Maestro y uno de los más célebres genios del tablero, decía que “en ajedrez, el vencedor es quien hace la jugada siguiente al último error”.

El ajedrez, sin duda, fomenta la autocrítica, la reflexión y el sentido crítico.

  • El CONTROL DE LOS IMPULSOS

En la vida, cuando te enfrentas a situaciones adversas, o de máxima exigencia, es fácil que perdamos el control de lo que nos rodea y, en ocasiones, de nuestros propios actos. Es algo muy parecido a lo que ocurre en un tablero de ajedrez cuando el otro bando nos presiona el rey con sus piezas, vemos que nos queda poco tiempo en el reloj y sentimos que estamos muy cerca de perder la partida. Lo más posible es que movamos la primera jugada que se nos viene a la cabeza, sin valorar la posibilidad de que haya una segunda opción que tan siquiera nos libre de esa situación de no-control. Le hacemos caso al impulso para no sentir esa presión, pero olvidamos la reflexión.

Con la práctica frecuente del ajedrez estos mecanismos de control de la impulsividad se van trabajando, siempre que la enseñanza vaya acompañada de una metodología adecuada.

Emanuel Lasker, Campeón del Mundo entre 1897 y 1920, nos dejó escrito al respecto:

“Cuando veas una buena jugada, trata de encontrar otra mejor”.

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  • La AUTOESTIMA

La enseñanza del ajedrez es un proceso de ritmo lento, pausado, en el que entran en juego (nunca mejor dicho) muchas variables y se desarrollan, de un modo inherente, múltiples habilidades cognitivas. Es por ello que, como en la música, los progresos del jugador sean graduales, pero al mismo tiempo también alcanzables, lo que redundará en el concepto de sí mismo, de su nivel de juego  y su autoestima.

Cualquier persona puede aprender a jugar ajedrez y con ello irá desarrollando estrategias que le ayudarán a obtener pequeñas recompensas. En este sentido, se conocen experiencias con colectivos vulnerables y en claro riesgo social (indigentes, reclusos, adictos u otros grupos de exclusión) con resultados muy positivos.

En el ámbito escolar, un alumno que juega al ajedrez gana en confianza y aprende a que acumular pequeñas ventajas, principio básico en el tablero, le servirá para lograr su objetivo final de aprendizaje en otras materias lectivas.

  • El AFÁN DE LOGRO

Relacionado con el anterior, este valor implica los deseos de superación personal. Cuanto más sabes, más quieres conocer. El ajedrez, en contraposición a otros modelos integrales de educación, parte con la ventaja de ser un juego y, por tanto, incorpora un aspecto lúdico que ayuda, digamos que de forma indirecta, a que el jugador experimente un deseo natural de seguir mejorando, lo que retroalimenta todos y cada uno de los valores ético-cívicos que hemos descrito.

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Al mismo tiempo, el respeto a las reglas constituye la base de la pirámide. Es decir, las reglas surgen como un elemento necesario que iguala la partida, las opciones de perder y ganar en ambos lados del tablero.  El ajedrez es conocido como el noble juego. Y es por eso que el alumno que está dando sus primeros pasos empieza y termina su batalla intelectual ofreciéndole la mano a su rival, respetando al “contrario” (aunque habría que afinar el término, por cuestiones pedagógicas) y reconociendo, de este modo, la validez de unas reglas que son incuestionables.

La transferencia de este tipo de valores (respeto, autocrítica, control de los impulsos, autoestima y afán de logro) al mundo real, a la vida misma, es algo que el jugador de ajedrez realizará de forma inconsciente, toda vez que va creando un patrón de comportamiento válido, dentro y fuera del tablero, capacidad esta que le ayudará en su desarrollo integral en la escuela, la familia y la sociedad en su conjunto.

 

Educando con el Ajedrez
Los objetivos de cualquier campaña o programa sobre educación en valores a través del Ajedrez, dirigido al Sistema Educativo, deberían estar vinculados a la necesidad social de profundizar en la formación integral de la persona, reforzando el currículo formativo del alumnado con los principios que inspira el juego  y sus positivas transferencias a la vida diaria.
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